No sé si las apariencias engañan, y lo que parecen victorias y momentos de tranquilidad no son más que el caldo de cultivo para los peligros que acechan. La calma precede a la tempestad  y parece que el relajarse no hace más que reforzar a quien va a actuar como enemigo.

Percibo que el movimiento desescolarizador se siente amenazado y acorralado en estos momentos. La sentencia del Tribunal Constitucional del pasado diciembre no auguraba nada bueno, pero creo que nadie estaba preparado para este golpe paralizador.

Vuelvo al blog tras un tiempo de ausencia para transmitir un mensaje de eclecticismo. Ni aquellos tiempos de autocelebración y euforia eran en realidad tan positivos como pudiera parecer a primera vista,  -creo que intenté en algunas entradas de este blog  bajar un poco la euforia  y poner las cosas en un sitio más realista-, ni creo que estos son tan negativos. Hay razones para la esperanza.

Y una segunda reflexión que me ronda la cabeza estos días en los que he vuelto al contacto directo con alumnos y alumnas nativos de internet en el aula. ¿Por qué indefectiblemente los niños que se educan en casa literalmente devoran libros? ¿Por qué ese patrón de comportamiento resulta tan unánime?. ¿Podría ser que los padres que educan en casa a niños que no devoran libros se sienten culpables por no haber podido inculcarles el amor por la lectura y la avidez por leer, y, por ello, prefieren no comentar nada al respecto?.

Supongo que la respuesta es que como los niños que se educan en casa no han sido forzados a leer, mantienen el gusto natural por la lectura como un placer y no como una obligación. Es un lugar común, pero ¿Es cierto?. Me preocupa que los padres que educan en casa y que no han conseguido desarrollar esa afición en sus hijos se sientan frustrados. En una sociedad en la que prima la comunicación audiovisual, es inevitable que los nativos de la era de internet no sientan pasión por el formato de libro escrito, sean o no educados en casa.

Como el título dice, es sólo una reflexión.

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