El fracaso de la escuela

John Holt define el proceso del aprendizaje de niños y niñas -así como de los adultos – junto al quehacer de la escuela, en el preámbulo de su obra  El fracaso de la escuela. Este libro fue publicado por Alianza Editorial en 1977.  El título original de la obra es  “The Underachieving School”, y  ha sido traducida al castellano , para esta edición, por Andrés Linates Capel.

El auténtico aprendizaje, un aprendizaje permanente y útil que conduce a una actuación inteligente y a nuevos aprendizajes, sólo puede surgir de la experiencia, intereses y preocupaciones del que aprende.

Todos los niños sin excepción experimentan un impulso nato e insaciable que les empuja a comprender el mundo en el que viven y a adquirir libertad y competencia en el mismo. Puede decirse que constituye auténtica educación todo lo que contribuya verdaderamente a aumentar su comprensión de las cosas, su capacidad de desarrollo y placer, sus energías y el sentimiento de su propia libertad, dignidad y valía.

La educación es algo que una persona consigue por sí misma y no algo que le otorga o pone a su disposición otra persona.

Lo que necesitan y desean obtener los jóvenes de su educación es: primero, una mayor comprensión del mundo que les rodea; segundo, un mayor desarrollo de su propia personalidad; tercero, la posibilidad de encontrar un trabajo, es decir, un modo de utilizar sus propios gustos y talentos para poder abordar los problemas reales del mundo que les rodea y servir a la causa de la Humanidad.

Nuestra sociedad demanda a las escuelas que hagan tres cosas por y con los niños: primera, transmitirles las tradiciones y valores superiores de nuestra propia cultura, segundo, familiarizarles con el mundo en el que viven, tercero, prepararles para el trabajo y, si es posible, para el triunfo. Todas estas tareas las ha desempeñado tradicionalmente la sociedad, la propia comunidad. las escuelas no realizan bien ninguna de ellas. Ninguna de ellas puede ni debe ser desempeñada única o exclusivamente por las escuelas. Uno de los orígenes de los problemas y dificultades de las escuelas es que se les ha asignado demasiadas funciones que no son propia o exclusivamente suyas.

Las escuelas deberían ser una fuente, pero no la única, de la que los niños, pero no sólo los niños, pudieran extraer todo lo que necesitan y desean para resolver el problema de su propia educación. Las escuelas deberían ser lugares a los que la gente acudiese para averiguar las cosas que desea averiguar y para desarrollar las habilidades que desean desarrollar. El niño que se educa a sí mismo, y si no lo hace él no lo hará nadie, debe gozar de libertad, al igual que el adulto, para decidir cuando, en qué medida y de qué forma desea utilizar cualesquiera recursos que pueda ofrecerle la escuela. Existe un número infinito de vías para la educación; cada discente debería y debe sentirse libre para elegir, encontrar y construirse la suya propia.

Los niños desean, necesitan  y merecen y, tan pronto como lo desean debería concedérseles, la oportunidad de resultar útiles a la sociedad. Negarle a un niño, o a cualquier persona de cualquier edad que desee hacerlo, la oportunidad de desempeñar una tarea útil, constituye un crimen de lesa Humanidad. La distinción, de hecho oposición, que hemos establecido entre educación y trabajo resulta arbitraria, poco realista e insana.

A menos que tengamos fe en la predisposición y capacidad del niño para evolucionar y aprender, no podemos ayudar y sí dañar a su educación.

Algunas de las ideas de Holt se pueden encontrar en expresiones que en ocasiones he recogido de personas que educan en casa. Así, por ejemplo, la consideración de la flexibilidad como una ventaja al tiempo que un desideratum en el proceso formativo de los menores. El deseo de que la escuela fuera flexible, y estuviese a disposición de los intereses concretos de cada familia y niño o niña.

Así he oído expresarse a personas que quisieran que en edades tempranas, sus hijos acudieran al centro escolar en un horario más flexible y con una jornada escolar más reducida. De este modo podrían disfrutar con más libertad -al menos en la etapa infantil- de sus hijos e hijas, sin que ello sea considerado una petición extravagante. Ante la imposibilidad de flexibilizar el sistema escolar, estas familias  habrían optado por educar en casa. Es posible que ante esta rigidez del sistema, que impide que sus hijos e hijas puedan acudir al centro escolar en función de los deseos e intereses de la familias, -en este caso menos horas-, la familia sufre un sentimiento de secuestro por parte del Estado del tiempo que los padres quisieran estar en compañía de sus hijos, tiempo que podría ser también considerado como dedicado a la educación de esos menores, aunque sea en compañía  de sus padres. La educación no termina con la conclusión de la jornada escolar ni el ciclo del curso escolar, ni tiene que tener lugar exclusivamente en manos de profesionales.

La necesidad de flexibilización surgía también en el caso de la familia De la Hoz- Agirre, que viaja a través del Atlántico en un barco velero con sus dos hijos en edad escolar. Estos padres expresaban  su frustración ante  la postura de la Administración frente al acuerdo al que llegaron con la escuela local de los niños para poder obtener materiales escolares  en euskara. La escuela se ofreció a proporcionar estos materiales  y  además  a realizar un seguimiento del desarrollo académico de los niños aprovechando las temporadas que  la familia estuviese en tierra. Pero la respuesta de la Administración fue que la asistencia regular al centro escolar era obligatoria para poder mantener cualquier relación con la escuela. En el modelo escolar de Holt esta petición habría sido atendida, sin causar ningún tipo de quebranto al desarrollo normal del propio centro escolar. Esta familia ha recurrido finalmente al CIDEAD, como única opción a su alcance, y con el inconveniente de que su oferta es exclusivamente en castellano.

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Acerca de madalen

Profesora de Derecho Civil de la EHU-UPV

Un pensamiento en “El fracaso de la escuela

  1. Es cierto eso de que muchos padres creemos que es demasiado el tiempo que nuestros hijos pasaban en el colegio. Recuerdo cuando mis hijos iban a párvulos, mi marido y yo decidimos que solamente les llevaríamos por las mañanas ya que nos parecía que con el tipo de vida que llevamos hoy con ambos padres trabajando y niños con un horario escolar como el de un trabajador, le hace a cada uno olvidarse de lo que es una familia.
    Y no siendo la escolarización “obligatoria” hasta los 6 años, algún profesor se atrevió a decirnos que tenían que ir todo el día, y que si no iban que perderían mucho. Ya ves, con 3, 4 y 5 años me preguntaba yo ¿qué van a perder? Para mí era más necesario que se quedaran en casa haciendo la siesta o simplemente jugando a su aire. Ahora tras casi dos años de educar en casa me estoy dando cuenta de muchas cosas y aprendiendo muchísimo de mis hijos y con mis hijos.
    Otro problema es que gran parte de la sociedad está acostumbrada a que se le marquen las pautas, y queramos o no nos dejamos guiar por ellas, y parece que cuando alguien quiere saltarse esas pautas, no está bien visto o no se quiere reconocer, pero bueno, eso ya es otro asunto.
    Saludos

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