Maneras de vivir/ser

El artículo fue publicado en El Periódico el 9 de enero, pero no quiero dejar pasar el mes sin dejarlo reflejado en este blog. Algunas veces he recogido desde distintos medios los modos especiales a través de los que algunas familias llegan a educar sin escuela como consecuencia natural de su forma de ser o de vivir. Así ocurrió con la experiencia de la familia De la Hoz- Agirre, que vivía gran parte del año viajando en velero, o la experiencia de  Nuria Aragón Castro durante la época en la que vivió en una comunidad alternativa. Este es otro de esos testimonios que inspiran toda una forma de ser y de vivir.

No pago alquiler ni facturas y lo poco que tengo es sagrado”. La historia de una mujer que ha simplificado su vida para poder ser más libre y acompañar a sus hijos

“Cuanto más valoro lo que me rodea, más rica me siento. También necesito el silencio, la naturaleza -veo las estrellas a través de la cúpula y me nutre oír al grillo y al búho-, la armonía con los demás, sentirme querida tal y como soy y amar incondicionalmente. La yurta, de hecho, es una parte de mi camino”

“Yo me pregunté qué era lo primero. Y si lo primero son los hijos y estás ocupada y nerviosa, se debilita la calidad de atención. Debía encontrar el modo de tener TIEMPO PARA ESTAR CON ELLOS. Esto te lleva a una crisis con el sistema consumista. Hay que aprender a reducir gastos”

“Yo me he animado a vivir en la naturaleza, porque es donde estoy bien. Pero también creo que ESTE SISTEMA ECONÓMICO NOS ALEJA DE LAS AUTÉNTICAS NECESIDADES. ¿Lo que realmente necesita el niño son tantos juguetes? ¿O precisa un entorno familiar tranquilo y atento?”
Esther Montmany

La sociedad propone y la persona dispone.

La sociedad propone y la persona dispone.

Aunque la mayoría tendemos a seguir la inercia social de nuestro entorno y creemos que es difícil-imposible salir del círculo hipoteca-coche-trabajo a destajo-aparcar a los hijos en guarderías/colegios larguísimas horas, la realidad es que no existe un único modelo de vida obligatorio y que las personas que realmente quieren, pueden DESERTAR y encontrar su propio camino.

Por eso considero importante el ejemplo de Esther Montmany quien lleva una vida LIBRE, plena y con el grado de confort que ella ha decidido (y tiene ordenador¡¡) en una tienda mongola de 4.000 euros en Alicante (España).

En una reciente entrevista a El Periódico el 9-1-2011 ella cuenta su filosofía de vida, sus prioridades y cómo cría a sus hijos siguiendo la pedagogía respetuosa de los Wild, referentes en educación alternativa.

No todos queremos vivir tan austeramente y como Heidi, pero debemos tener en cuenta que entre las casas y la vida opulenta que se muestra en el programa “¿Quién vive ahí?”  y ser ermitaño, existen infinitas posibilidades y una de ellas puede ser la nuestra.

Y este es el testimonio de Esther Montmany:

Se ha instalado usted en una yurta, en Alicante.
Vivo en una hana, también conocida como yurta. Es una vivienda que utilizan los nómadas de Mongolia. Se monta en una tarde. Es cómoda, bonita, sencilla, acoge, pero no aísla, y está hecha con materiales naturales (lana, madera y tela).

¿La ha fabricado usted?
Es importada. Cuesta unos 4.000 euros, pero ya no pago alquiler ni facturas. Y dentro está todo lo que necesito para mis hijos y para mí. Lo poco que tengo es casi sagrado.

¿Qué es lo sagrado?
En mi caso, una cocina para preparar alimentos cultivados con una agricultura respetuosa con el medio ambiente, un lugar para asearme, ropa, libros para el estudio y la lectura y el ordenador.

¿Con eso basta?
Cuanto más valoro lo que me rodea, más rica me siento. También necesito el silencio, la naturaleza -veo las estrellas a través de la cúpula y me nutre oír al grillo y al búho-, la armonía con los demás, sentirme querida tal y como soy y amar incondicionalmente. La yurta, de hecho, es una parte de mi camino.

¿Dónde empezó el camino?
De pequeña quería ser un animal y rechazaba al ser humano, que era el que lo destrozaba todo. A los 14 años disfrutaba yendo sola en bicicleta y escalando con amigos en Montserrat. A los 17 hice el camino de Santiago y un año después decidí viajar a Irlanda. El pretexto era estudiar inglés, pero en realidad necesitaba descubrir quién era yo. Aprendí a meditar, filosofé con los Hare Krishna y me junté con gente que hacía música en la calle. Y empecé a tener claro que lo que me movía era crear una comunidad en la naturaleza.

Con esa idea, siguió viajando.
Uno de mis motores era conocer comunidades respetuosas con el entorno y con otra manera de acompañar a los niños en su proceso de aprendizaje. Esa búsqueda pasó por Escocia, que recorrí en autoestop, y por la India. Sin embargo, en todas las escuelas -incluidas las tibetanas- siempre vi a un adulto marcar una manera de ser.

¿Encontró al fin lo que buscaba?
Estaba a punto de ser madre, me desplacé a Ecuador para ver cómo criaban a los niños en la selva, y tomé contacto con la escuela Pestalozzi, fundada por Mauricio y Rebeca Wild. Sentí que había encontrado lo que buscaba. Cogí ese camino y no lo he dejado en 10 años.

¿En qué consiste esa escuela?
En aprender a relacionarnos desde el respeto y el amor. Se trata de crear un ambiente adecuado y rico para que el impulso del niño de aprender pueda encontrar los recursos suficientes. El adulto tiene que estar cerca para responder a preguntas, ayudar a buscar materiales e incluso para acompañarle en la frustración. Pero el interés debe partir del niño.

Un ejemplo iluminador
Cuando un bebé intenta coger una pelotita y, con la mejor intención, nos apresuramos a dársela, interferimos en su propio impulso. Si lo logra por sí mismo, siente un profundo bienestar y se llena de confianza. Hay que crear un espacio para que descubra la solución a su tiempo.

Usted lleva el modelo hasta el final
Yo me pregunté qué era lo primero. Y si lo primero son los hijos y estás ocupada y nerviosa, se debilita la calidad de atención. Debía encontrar el modo de tener tiempo para estar con ellos. Esto te lleva a una crisis con el sistema consumista. Hay que aprender a reducir gastos.

Y salir literalmente del sistema. Irse a vivir a una yurta en el bosque…
Yo me he animado a vivir en la naturaleza, porque es donde estoy bien. Pero también creo que este sistema económico nos aleja de las auténticas necesidades. ¿Lo que realmente necesita el niño son tantos juguetes? ¿O precisa un entorno familiar tranquilo y atento?

¿Y qué tal los resultados?
Lo que veo en los niños que crecen con este respeto es que sienten mucha confianza en sí mismos y en la vida, que encuentran soluciones creativas a los problemas. No tienen tanto dolor acumulado. Un dolor que, si no son capaces de liberar, pueden llegar a calmar luego con sustitutos.

Niños sin tele, sin play, criados al aire libre… ¿Demasiado inocentes?
Si los padres les respetan, será difícil que permitan que una persona que no tenga un vínculo tan fuerte les falte al respeto.

Una curiosidad. Si necesita dinero, ¿de dónde lo saca?
Enseño inglés, cuido niños, explico cuentos, animo fiestas. Actualmente me estoy dedicando a escribir.

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Acerca de madalen

Profesora de Derecho Civil de la EHU-UPV

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