A un año de la defensa de la tesis

Estos días se cumple un año desde que defendí mi trabajo doctoral en la Universidad del País Vasco. Y precisamente ese mismo día el pasado 8 de noviembre, mi director de tesis terminaba de escribir el prólogo que abrirá el libro que la recoge. Como él dice es un traje a medida, y es que él ha estado durante todos estos años apoyándome en mi trabajo de investigación. Sin él hubiera sido imposible para mí culminar con la tesis por la sencilla razón de que yo no tenía fe en mi misma. En ningún momento pensé que el proyecto acabaría en una tesis publicable, pero él, sin embargo creyó en mí todo el tiempo, y esa fe ha sido la gasolina que ha mantenido el motor en marcha, incluso en las más empinadas pendientes, incluso  cuando, con el cáncer, pensé en tirarlo todo por la borda.

Curiosamente, yo no estudié en la Universidad pública, sino en la de Deusto. Cuando terminé mi etapa en el instituto y aprobé la selectividad, estaba convencida de que quería estudiar Derecho, y para ello, o me trasladaba a Donostia, donde estaba la facultad de Derecho de la EHU-UPV, o me quedaba en Bilbao, en la Universidad de Deusto. Tras hacer números, mi madre se convenció de que resultaba más barato quedarme en Bilbao. Y así, me matriculé en Deusto y pasé el examen de entrada cuando sólo tenía 17 años. Aun así, tenía muy claro lo que quería hacer, pues desde pequeña, mi abuelo, -que era oficial de notaría- me trasmitió su amor por los derechos forales y las escrituras, los mojones y los linderos en las fincas rústicas. Mi abuelo enviudó muy joven, porque su mujer, Madalen, la madre de mi madre, fue recluida en la cárcel durante la guerra y parte de la posguerra, acusada de ser Emakume (que significa literalmente, mujer, militante del ala femenina del PNV). En la cárcel de Larrínaga contrajo una afección grave a los bronquios que acabó para siempre con su salud, hasta que murió unos años después. Mi abuelo al enviudar vino a vivir con nosotros.

En aquella época la gente no vivía sola, sino que al quedar sin sus familiares más cercanos pasaban a ser absorbidos por la familia, así que con nosotros vivían mi abuelo y un hermano soltero de mi padre. La familia tenía una vis atractiva que se apropiaba por accesión de los elementos libres. Tengo en mente el proyecto de escribir algún día un breve monográfico sobre el Derecho relacionado con las Matemáticas y la Física, en colaboración con el hijo mayor y la hija pequeña de mi hermano que son ingeniero y física, respectivamente.

Pues bien, a lo que iba, la convivencia con mi abuelo, al que adoraba, me llevó a inclinarme por el Derecho. Recuerdo que durante la comida diaria, (que era un evento multitudinario de 8 personas cada día, -medio día y noche-), los adultos comentaban las cosas del trabajo y nosotros las del colegio, y allí oía hablar de montes, escrituras, leyes, fueros, y mucho Derecho Civil. También en esa etapa, mi madre, que es farmacéutica me transmitió su amor por la universidad, el estudio, la música, el ajedrez y la ciencia.

Con esos mimbres me presenté a los 17 años sabiendo que quería estudiar Derecho. Pero en la universidad me encontré con mucho más de lo que esperaba. Por primera vez viví en la ciudad, en un Bilbao convulso tras la muerte de Franco, en la etapa del desmantelamiento industrial, del cierre de Euskalduna (precisamente donde ahora se ubica el Museo Guggenheim, frente a la Universidad de Deusto). Desde los hermosos jardines británicos de la universidad veíamos las batallas entre los trabajadores, pertrechados de tiragomas de rodamientos, y la policía –los grises-. Eran los días de humo, que llevó Antxon Ezeiza al cine.

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Pero aquellos años en la universidad son los que me marcaron, más que ninguna otra etapa de mi vida. Empecé a moverme en los círculos intelectuales y literarios de Bilbao, en la movida musical del punk y la rebeldía, estudié euskara con ahínco (sabía euskara pero era analfabeta en esa lengua y con un vocabulario casero muy limitado, para nada comparable a mi nivel de castellano académico y escolar), conocí la vida de los pisos de estudiantes, el cine de arte y ensayo en versión original del Cineclub Fas y me eché novio.

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No creo en la universidad a distancia para los jóvenes, creo que la experiencia universitaria debe ser presencial. La universidad a distancia me parece un recurso excelente para personas adultas que acceden al aprendizaje para toda la vida de este modo, pero los jóvenes deben tener la oportunidad de vivir todas estas experiencias in situ, ir a Erasmus y conocer a los estudiantes que vienen con Erasmus de otras universidades. No quiero que mis hijas se pierdan esta experiencia, me gustaría, como mi madre hizo conmigo, inculcarles el amor por la vida académica. No quiero negarles lo que yo tanto disfruté.

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3 pensamientos en “A un año de la defensa de la tesis

  1. Wow Madalen, gracias por abrir una ventana y dejarnos saber un poco más de tu familia y de tu vida. Desde luego que a mí me ha encantado leer un poco de tu historia familiar. Me encanta también ver cómo lo cuentas con un sensibilidad increíble.

  2. Me ha encantado leerte :)
    Yo estudié la universidad a distancia y echo de menos esas cosas que cuentas, las echaba de menos ya mientras lo hacia… y tampoco creo que los jóvenes deban estudiar aislados.
    Muchas gracias por esta entrada. Y un abrazo.

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