Libertad educativa y libertad social

La libertad no tiene su valor en sí misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen (Ramiro de Maeztu).

Las familias que educan en casa se encuentran en la disyuntiva de hacer pública su opción, de manera que puedan vivirla con toda la honestidad que quieren trasladar a sus hijos e hijas, de un lado, o de proteger su integridad familiar y evitar así la intervención exterior no deseada a través de la autodisciplina y de una gran discreción, de otro. Esa discreción, sin embargo, a pesar de las ventajas que reporta, les impide vivir y disfrutar de su opción en libertad.

La disyuntiva se me antoja indisoluble en la coyuntura actual en la que se impone la ausencia de reconocimiento legal y social de esta opción, lo que dificulta esa coordinación entre la realidad y el deseo.

Cuando las familias que educan en casa se muestran contrarias a la regulación, justifican esa oposición en que el reconocimiento legal conducirá a la restricción de la libertad educativa, con la imposición de controles y evaluaciones y no hay duda de que tienen razón.

En consecuencia, nos encontramos en un callejón sin salida en el que prima un círculo vicioso. Por una parte, la regulación limitará la libertad educativa, pero por otro, su ausencia limita la libertad social. Aparentemente, no queda otra opción que la decantarse por el sistema menos lesivo y optar por el mal menor.

Creo que hay mucho trabajo que hacer en la búsqueda de un sistema que garantice, en el mayor grado posible, ambas libertades.

Aquí se desgranan algunas ideas en este sentido:

escuela(2)Cabría imaginar una sociedad futura, liberada del marasmo educativo actual, en la que nos encontraríamos con lo siguiente: multitud de alumnos que siguen un camino formativo fuera de toda institución formal, por la vía del homeschooling, los profesores particulares o una u otra modalidad de autodidactismo, o que optan por la educación a distancia, bajo la orientación de un tutor. Adolescentes que se forman en un oficio como aprendices con un profesional del que son ayudantes. Otros adolescentes que se forman viendo películas y leyendo novelas y revistas de cine, como hizo en su día Truffaut.Y, luego, una gran variedad de instituciones educativas públicas y privadas, para que cada tipo de alumno pueda elegir la opción que mejor su ajusta a sus condiciones: colegios e institutos que acentúan el orden y la disciplina intelectual, en la tradición pedagógica de los jesuitas. En el otro extremo, centros que priman la creatividad y la originalidad y que no organizan la enseñanza por asignaturas compartimentadas, sino por programas, tareas o campos de interés, y que incluso no establecen un horario fijo. Institutos humanísticos, centrados en las tradicionales materias de Letras. Institutos científicos, cuya personalidad se orienta hacia la investigación y a una concepción interdisciplinar de la ciencia. Centros que ofrecen una “cultura general práctica” (bricolaje, electricidad, primeros auxilios, contratos, conducción de vehículos, marketing, psicología de ventas, impuestos, derecho laboral, informática, albañilería, idiomas de cara al público, historia de la cultura popular). Escuelas profesionales de todo tipo. Institutos donde un solo profesor, o dos –uno de ciencias, otro de letras- se encargan de la formación de una clase, evitando la indeseable dispersión hoy existente –diez profesores, diez asignaturas por curso: ¿cómo se puede aprender así? Institutos de alto nivel para alumnos brillantes. Internados para alumnos que, por sus circunstancias o por su personalidad, puedan encontrar conveniente esta opción. Etc. etc.
 
¿Y el Estado? En esta libertad educativa que aquí se propone, ¿qué papel debería desempeñar? A mi modo de ver, le corresponde una función de supervisión limitada y muy circunspecta. Desde luego, y aparte de poseer instituciones educativas propias (pero fuera del rígido e inoperante sistema actual), establecer unas titulaciones oficiales y unos exámenes estatales para obtenerlas, a través de pruebas periódicas y libres que se celebran por medio de examinadores externos a los centros: quien quiera hacerse con un título oficial, debe cumplir unos ciertos requisitos, haya asistido a una institución formal o no. Del mismo modo, elaborar unos cuestionarios oficiales claros y objetivos, y cuyo dominio garantice que se posee una verdadera cultura general. Pero, a la vez, no pretender ejercer un monopolio al que nadie le ha dado derecho: no caer en la titulitis ni en la exigencia universal de titulaciones para todo: lo que importa es el know how, el conocimiento efectivo (saber inglés o saber reparar un coche, con título o sin él). Si una persona no posee ni títulos ni conocimientos, será la propia sociedad la que deje de requerir sus servicios.Y, si causa un perjuicio a alguien a causa de su incompetente actuación (lo cual también puede suceder, por supuesto, en el caso de un profesional titulado), para eso está la sanción civil o penal.
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Acerca de madalen

Profesora de Derecho Civil de la EHU-UPV

3 pensamientos en “Libertad educativa y libertad social

  1. Uppss!, ¡Menos mal que como coautora del blog estás al tanto! Había puesto el enlace general de la publicación y salía una entrada más reciente. Ahora está ya el enlace a la página correcta. Por cierto, el autor del artículo es Antonio Martínez. ¿Alguien le conoce?
    Un abrazo y gracias.

  2. Pingback: El mal menor | La opción de educar en casa

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