Montar un colegio

Es un artículo de  , publicado el 14 de octubre en la sección de Educación de la web OTRAS POLÍTICAS Reflexiones sobre el modelo político y social y las posibles alternativas

MONTAR UN COLEGIO

Imaginemos que un colectivo, profundamente insatisfecho con la oferta educativa actual, quisiera montar su propio colegio. Un colegio diferente, con otra forma de educar, que no sea una réplica hecha a la medida de lo que ya existe. Sería un colegio pequeño, con pocos alumnos y que no precisara de muchos medios.

Los requisitos mínimos que debería cumplir este centro para que obtuviera los permisos necesarios y fuera legalmente reconocido vienen fijados por Real Decreto. Allí se establecen las titulaciones que debe tener el profesorado, la relación numérica entre alumnos y profesores, las características de las instalaciones  en relación con el número de puestos escolares y otros aspectos de necesario cumplimiento “para impartir enseñanzas con garantía de calidad”.

Parece evidente que un colegio pequeño necesita menos espacio que un colegio grande; no obstante en el Decreto se fijan unas instalaciones mínimas que todo centro de este tipo debe tener, con independencia de que los alumnos sean 30, 300 o 3000. Así, cualquier centro en el que se imparta educación primaria debe contar  con despachos para la dirección y administración, sala de profesores, patio de recreo, biblioteca, gimnasio y una sala polivalente. Si, además, se quiere proporcionar educación secundaria tendremos que añadir un laboratorio, un aula de tecnología, un aula de música y otra para educación plástica, como mínimo.

Todo ello, por supuesto, además de las aulas propiamente dichas; que deben ser tantas como unidades escolares tenga el colegio. Donde se entiende por unidad escolar cada agrupación de niños y niñas que pertenecen al mismo curso, con un tope de 25 a 30 alumnos por unidad. Con esto se da por sentado que las enseñanzas deben organizarse en la forma que todos hemos conocido: separando por edades, fragmentando y secuenciando los saberes y asignando los contenidos adecuados a cada edad. De esta manera, en cualquier colegio elegido al azar podremos encontrar los alumnos de primero que tienen siete años y aprenden a leer y a sumar, los de segundo que tienen ocho años y ya restan, y así sucesivamente.

Cumpliendo esta forma impuesta de reparto, es bastante probable que la distribución no sea uniforme; es decir, que haya muchos niños de ciertas edades y pocos de otras, con lo cual habrá aulas muy llenas y otras casi vacías. Una situación que podría resolverse fácilmente reuniendo alumnos de distintas edades en la misma aula, cosa que la legislación no permite, salvo en aquellos centros que atienden a poblaciones de especiales características sociodemográficas o escolares; como es el caso de las escuelas rurales.

En estas escuelas los alumnos de tres a doce años se reparten en dos, tres o cuatro grupos que comparten aula y profesor, y reciben la visita periódica de docentes itinerantes de inglés, música o educación física. Otros requisitos indicados en el Decreto, como la extensión mínima del patio de recreo o la necesidad de disponer de un gimnasio, también se aplican de una manera más laxa.

En estos centros, aunque solo sea porque lo imponen las circunstancias, se trabaja necesariamente de otra manera. Los cursos y las asignaturas se diluyen, así como la separación de funciones entre el profesor y el tutor. Todo es más cercano y se aprende más necesitando menos cosas. Tiene los inconvenientes, claro está, de todas las comunidades pequeñas, incluida la familia: la falta de diversidad y la pérdida de perspectiva, la endogamia, el reparto de roles… Pero se podrían conservar sus virtudes y paliar sus defectos con una escuela un poco más grande, como esta de la que estamos hablando.

Incluso esta fórmula se podría mejorar revisando el concepto de profesor itinerante, que podría extenderse  a personas que no serían literalmente profesores, según los requisitos académicos y legales actuales, pero que podrían recorrer las escuelas aportando su experiencia. Y en esta categoría entran todos los oficios y profesiones, tanto los investigadores o los médicos como los poetas y los magos.

Algo que no está contemplado en las leyes actuales, en las que estas escuelas son un paliativo para las poblaciones pequeñas y remotas, pero no una oferta alternativa en las poblaciones grandes, en las que el diseño escolar admite pocas variantes.

Es sabido que la ley educativa actual, la LOMCE, tiene los días contados, si es que llega totalmente a implantarse. Faltan pocos meses para un cambio en el reparto de poderes y, posiblemente, en la forma de gobernar, ahora que el bipartidismo se encuentra en retroceso. Sin embargo, gobierne quien gobierne, la educación sigue estando en manos del Estado y dudo que la futura ley de Educación sea, en esencia, muy diferente de las anteriores. Dudo que incluya aspectos que abran la posibilidad de educar de otra manera diferente de la que el Estado impone, sea este neoliberal, socialdemócrata o de cualquier otra tendencia, más o menos extrema de estos dos patrones básicos.

Tal vez me equivoque, pero la nueva ley que esperamos posiblemente no legislará la educación en casa, a la que seguirá manteniendo en un limbo, si no es que la prohíbe expresamente, ni tampoco incluirá la posibilidad de crear escuelas similares a la que hemos esbozado en este artículo; como tampoco renunciará al currículo único, ni ofrecerá la posibilidad de flexibilizar los horarios, el tiempo de permanencia en las aulas o el mismo concepto de aula.

Acerca de madalen

Profesora de Derecho Civil de la EHU-UPV

2 pensamientos en “Montar un colegio

  1. Yo pensaba lo mismo, pero al acercarme al entorno de un pueblo y zonas rurales he descubierto las escuelas unitarias, con lo cual me crea una duda. ¿Que legislación se aplica en escuelas de un edificio, con un solo aula en donde se da clase a niños de distintas edades y no suelen superar el ratio total de unos 12, sino las hay con 8 o hasta con 6?

  2. Quizás, sin saberlo, la revolución educativa empiece en las escuelas rurales o centros agrupados. Mi predicción es que, dada la creciente precariedad de muchos hogares españoles, la despoblación rural que tantos dolores de cabeza ha dado durante años se vea revertida por un “éxodo” de familias que por motivos económicos acaben yéndose a los pueblos a subsistir o por lo menos, reducir gastos. Por el momento, la vida en las zonas más despobladas carece de muchos servicios pero permite una subsistencia muy cómoda e idónea para las familias con niños pequeños.

    Los contactos, pues, con las escuelas públicas rurales, serán la clave para la transformación.

    Yo, por mi parte, pienso investigarlo este año, mientras educo a mis hijas en casa en un pueblo en el que en invierno quedan menos de 10 personas. Una aventura más que contar.

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