Amalurra

¿Qué ocurrió?


Aquí Irene Goikolea, fundadora de Amalurra explica la esencia de su proyecto. Un grupo de 12 o 13 familias que en un entorno idílico forman una comunidad, una tribu como ella misma lo denomina.
¿Pero cómo pasó de ser una tribu a ser una secta?
Maite y Jon explican cómo se han sentido engañados y utlizados

En este blog Maite relata su expriencia

Este artículo especifica que los niños y niñas de la comunidad en edad escolar acuden a la escuela de Arcentales

Lo que hace peculiar a este complejo rural es el personal que lo atiende. Se trata de un grupo de 15 familias que han decidido vivir en comunidad y que han constituido una cooperativa «para desarrollar el sentido profundo de lo que es la hermandad, la solidaridad y la convivencia», precisan. «Amalurra es un lugar. Pero también es un proyecto, una búsqueda, un experimento para profundizar en nosotros mismos», apunta Irene Goikolea, la impulsora de esta experiencia donde la familia prima sobre cualquier otra consideración.

Han pasado años desbrozando maleza, secando pozos negros, rehabilitando las antiguas casonas y plantando 4.000 árboles autóctonos. En 1998, los primeros moradores de Amalurra se trasladaron al lugar. Hoy, cada familia ocupa su vivienda. Cada día, parten a trabajar a Bilbao. Algunos, antes de salir, se recogen a meditar en la gran sala excavada en los jardines, bajo una luz cenital y junto a un gran cristal de cuarzo. En Amalurra hay empleados de informática, una abogada, un médico, el alguacil de un pueblo, un arrantzale, profesores y maestros… Los chavales en edad escolar (hay 21 menores de 10 años) acuden a la escuela de Artzentales, que ha cobrado un nuevo impulso gracias a tanta savia nueva. Los más pequeños se quedan al cuidado de una mujer (el único sueldo que se paga en el grupo). Cada madre cocina para los chavales una vez cada 15 días. También de forma rotatoria, dos personas se encargan de los niños por las tardes, hasta que los padres vuelven de sus trabajos. «Los niños viven en un ambiente familiar y lo comparten todo. Establecen lazos afectivos y son muy abiertos. Nuestro espejo -apunta Maite Kaltzakorta- son las próximas generaciones, nuestros hijos».

Acerca de madalen

Profesora de Derecho Civil de la EHU-UPV

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